Confesiones Clínicas



Supongo que es imposible mantener todo bajo un absoluto control.

Llevaba algo más de veinte minutos esperando a Manolo Suárez en la puerta de aquél estanco, cosa extraña porque Manolo suele hacer gala de una puntualidad intachable. Al verlo aparecer pude comprender, en parte al menos, el motivo de su retraso. Tuve que descojonarme, lo siento por él pero no pude contenerme; el hecho de verlo disfrazado de Tony Montana (Al Pacino en "Scarface") a sus cincuenta y tantos años, con esos andares inseguros que provocan el saberse desubicado, me hizo incapaz de parar de reír hasta que llevábamos un buen rato metidos en el coche.

Le explicaba, una vez recuperé el aliento, que yo no iba a trabajar en esa ocasión sino que, con motivo de apañar un asunto con mi productor y manager, iba a tener la posibilidad de presenciar parte del rodaje de "Cuatro pichinas tiene mi cama", el próximo film de Loli Popcorn.
Cuando se lo comenté se mostró desilusionado por no poder verme en acción, pero reconoció estar encantado con ver a Loli al natural. "Pórtate bien, Manolo", "nada de fotos, ¿lo entiendes?". Él asentía sin comprender en absoluto porque extrajo su teléfono móvil de última generación con cámara incorporada mientras sonreía levantando repetidas veces las cejillas maliciosamente. "¡Que no! Nada de nada...".

Aparcamos junto al porche del chalet. Manolo temblaba de excitación (creo que tiene un serio problema con la pornografía), se relamía los labios y me sonreía sin motivo alguno. Ya en el interior, lo presenté a algunos conocidos que, para asombro mío, lo acogieron perfectamente. Pasamos a la zona de grabación, donde Loli estaba en pleno apogeo montándoselo con los cuatro mancebos en cuestión. Hubo que cortar varias veces porque trabajar en equipo, pese a ser más divertido (y precisamente por ello) requiere una concentración especial. Las risas de los actores en medio de la acción cabreaban bastante a Richard porque rompían ese aire de perversión que buscaba para la escena. Manolo no perdía detalle, le sudaban las manos, tragaba saliva y se movía dentro del metro cuadrado que había proclamado como suyo. Una erección incontrolada se dibujaba bajo el ridículo pantalón de sarga blanco con el que se había ataviado para parecer más... ¿cool, fashion, interesante? Ignoro lo que le atravesó la mente para elegir dicho modelito, pero desde luego no había cumplido el objetivo.

El fino fresquito que suelen tener a disposición del personal pronto se le quedó corto a Manolo, que se pasó al Jack Daniels. En un descanso intentó acercarse a los actores, muy emocionado, pero tuve que detenerlo para que no importunara. "Lueeeeego". Nos fuimos al salón, a compartir algunas rayas con el representante de Mechanical Héctor, que participaba en el rodaje. Ante mi asombro, Manolo mostró una destreza inimaginable en el uso de la tarjeta de crédito, de los billetes y del polvo. ("Ay Manolico... eres una caja de sorpresas"). Con los ojos y la labia bien inyectados, mi invitado comenzó a bromear con todo el mundo; al principio de forma exquisita, más tarde incluso agobiante. Debió cargarse algo así como media botella de bourbon cuando me comentó si yo podría conseguirle una prueba, aunque no lo cogiesen, sólo por meter. A estas alturas yo comencé a sentirme incómodo (no por el comentario en sí, que me pareció encantador, sino por la difusión que la carencia de modulación en su voz le confirió al mensaje). La gente comenzaba a cuchichear y yo tenía (tengo) una reputación que cuidar en este mundillo.

Me tranquilicé un poco y, tras dejar al vendaval en manos del iluminador, traté de acercarme a Richard para ultimar algunos detalles sobre el largo que me tenía reservado. Pagué mi impertinencia con una mirada fulminante, pero Bangbreaker se suavizó en seguida y me dijo que hablase con Blanca, que ella estaba puesta al tanto y me lo podría explicar. Localizada Blanca, nos retiramos a un despachito junto a la sala de rodaje. Los pormenores de la película no vienen al caso, lo realmente relevante es lo que aconteció mientras nosotros charlábamos de negocios.

Golpes secos, metálicos. "¡Dejadme en paz hijos de puta!". Carreras, más golpes...

("¿Qué demonios?").

Manolo, a modo de crucificado, se apoyaba en Javier (el iluminador). Richard, el técnico de sonido, Loli, su novio y dos de los actores lo insultaban sin cortarse. Manolo sangraba abundantemente por la nariz y su ceja izquierda estaba abierta.


- ¡¡Llévate a este tipejo de aquí!!- Richard parecía un pimiento rojo cabreado.
- ¡¡Una puta foto, cabrones!! ¡¡Gentuza, voy a tener que partiros la boca de uno en uno!!- El crucificado parecía haber resucitado… - Laaaaargo de aquí.- Una mirada inquisidora acompañó la última advertencia.

Lo agarré por la cintura y le pasé el brazo sobre mis hombros. Javier me lo cedió encantado mientras le regalaba a su circunstancial compañero un arrastrado "serás gilipollas..."

Menos mal que el barrio contaba con ambulatorio. Al igual que en la ida tomé el volante del coche de Manolo y lo acerqué a que lo vieran. Realmente no fue gran cosa: dos puntos de aproximación en la ceja, el tabique no estaba roto, unos antiinflamatorios y para casa. O eso pensaba yo. En la puerta de urgencias, mientras nos fumábamos un cigarro para relajarnos, intentó explicarme que sólo había intentado sacarle una foto a Loli. Más tarde me narraron cómo había hecho más de una, cómo se había abalanzado sobre la chica y se había empezado a frotar como un perrillo, cómo se había llevado por delante dos focos y un monitor... en fin, que la lió muy a lo grande.

Pero la mayor preocupación de Manolo era ocultarle a su mujer el incidente. Yo le sugerí que con no dar detalles podía pasar por una simple pelea. "No, no; Luisa no me perdonaría que a mi edad, en mi posición... no, definitivamente se cabrearía". No sé cómo logró convencerme para apoyar su plan, que no era otro que fingir un accidente de tráfico; empresa para la que teníamos que estrellar el coche. Ambos recreamos esas películas de Hollywood en las que plantan un ladrillo sobre el acelerador del vehículo, pero claro, en EE.UU. los coches son automáticos; alguien debía estar dentro del coche y yo, siendo su problema y su coche, lo tenía bien claro.

Esta vez conducía Manolo, debíamos alejarnos del centro de salud para no llamar la atención. Conocía un lugar apartado bastante convincente, así que fui indicándole. En un determinado momento, el lesionado dejó de hacer caso a mis directrices. No me di cuenta de sus intenciones hasta que terminamos en la misma calle del chalet. Menos mal que llevaba el cinturón puesto y que el coche iba en segunda porque el desgraciado aceleró a tope enfilando la reja de la casa de Richard. "¡Hijos de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!"

A día de hoy Luisa se sigue tragando la historia del accidente. Yo tengo una costilla rota, no por el impacto, sino por la tunda que nos metieron con toda la razón del mundo, para Manolo era la segunda del día. Estamos denunciados por daños contra la propiedad. Obviamente mi carrera en "Afrodita Films" ha llegado a su fin, tendré que tantear la competencia; pero... ¿sabéis una cosa? Aquella mañana gané un amigo.

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